Divas del cine, sostenidas por humo de cigarro

Divas del cine, sostenidas por humo de cigarro

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Norma Desmond, culpable de asesinato, desafía a los policías y en suntuoso plano general -que ella se imagina- baja las escaleras; Blanche Dubois en su locura histérica agudizada por los hombres, las sube; Margot, celosa del trabajo de Eva como actriz,  -que a ella misma le han robado- amenaza la fiesta con una noche de tormentas mientras desafiante sube una escalinata.

Así eran ellas, subían o bajaban a cuenta de la leyenda, de sus pasiones deliberadas, de su sistema implementado.

El mundo del cine sonoro nació, como el silente,  con el alma de una mujer en tormento y aventuró de hacer de la féminas, bellezas que abandonaban  un pasado o que lo velaban entre humo de cigarros y pistola luego de un disparo. Sin embargo y al margen de guiones que realizaban sueños, el cine creó una plataforma donde ellas se movían como peces en agua: el divismo.

Toda actriz, aún más allá de su conocimiento y sus capacidades actorales, marcaba la pauta que la industria le otorgaba: las recreaba como diosas y las ponía a dormir entre laureles designados por otros dioses detrás de las cámaras.

Cada una bordó molde en la moda, en los ademanes, en las miradas y también en el estilo en las que fueron fotografiadas, porque cada una de ellas tenía su ejército de maquilladores, de peluqueros, de estilistas y hacedores de imágenes y por supuesto de su fotógrafo personal para los close ups.

Eran así: ángeles y demonios hechos y fabricados, habituadas de sueños paseando la fantasía. Característica de todas ellas es que deseaban ser superior que la otra y por eso llegaron a extravagancias o guerras alimentadas por inescrupulosos periodistas; sin embargo el fin era ser más excelentes en actuación que todas las demás. Eso les hizo mitos, pilares en las cuales se sostienen las de hoy y que a lo largo del tiempo se fueron desvaneciendo, quedando una que otra recogiendo el aire intemporal de sus grandezas.

Resultado de imagen de Rita Hayworth

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Estas mujeres emergieron por su cabelleras, roja, como la de Rita Hayworth en el clásico del cine negro “Gilda”, cuya cinta fue sepultada en la perpetuas nieves de los andes bolivianos para su posteridad en el futuro y es que el celuloide, a pesar de las transformaciones tecnológicas actuales, vivía enamorado de ellas, de esos ojos grandes como los de Anna Magnani, quien se convirtió en musa de Tenesse Williams o de Greta Garbo quien en vida ya era mítica y en homenaje a ella la Real Academia de la Lengua  Española aceptó la palabra “Garbo” para designar el buen gusto y la elegancia.

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Los ejemplos son numerosos y no se englobarían en pocas páginas. Es desafío de leyendas y también del lenguaje cinematográfico. Tantas como la Marlene, la Mae West, la Bergman, la Davis. Ellas todas exigían papeles grandes a su medida y colocaban a revisión los guiones, luego exigían como hacer cada uno de los planos, el vestuario. Ellas, solo ellas, las de los primeros años del cine hablado edificaron su arte en la veneración que generaban y en las artes de la seducción que sabían les daba un plano o corte a otra escena donde un hombre babeante se deshacía por ellas.

Sin embargo hubo las otras que su exigencia venía de la instrucción o del bien social y político, o del adecuado entender de las letras y del teatro. Unas monstruas que procesaban, hoy negado y poco estudiado, los asuntos actorales y sus consecuencias. No solo eran plumas, joyas, vinos y glamour lo que las envolvía y las hizo míticas sino aquella lectura sublime que dejaban con cada film y con cada cátedra de acción y emoción.

Gerardo Martínez

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