El Inmenso cine de David Lean.

El Inmenso cine de David Lean.

 

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El cine de Lean es un camino y al hacerlo transitamos por un infinito en la cual no terminan nunca las imágenes, al contrario viene una y otra vez a seducirnos como un caleidoscopio por donde se pasea la majestuosidad de la historia y su pasión desbocada hacia el teatro.

Considerado por algunos el hacedor del nuevo cine de epopeya a fínales de los 50s y principios de los 60s, Lean se nos regodea como un maestro del cine de masas que servía para recrearnos un momento auténtico donde quedaba incrustado, como la espada del rey Arturo, el mensaje de una visón histórica. Sin embargo el cine de este director no nace en la grandiosidad y la espectacularidad sino en el teatro más intimista que se comenzó a hacer durante los tiempos de la segunda guerra mundial y luego de ella. Su trabajo original fue dentro del cine de noticias Inglés. Allí fue ayudante de de edición, colaborador de cámaras y hasta en algunas ocasiones de iluminador. Eso hizo en la “GAUMONT”, resolviendo el mantener informado a un pueblo que asistía al cine con el miedo de una bomba cayendo sobre sus cabezas por el Blitz nazista engendrado para acabar con England.

Extraña anécdota fue que él no asistió al cine sino al cumplir los 17 años ya que su familia practicaba una religiosidad ciega digna de su ascendencia cuáquera. A pesar de no tener título universitario, el joven se embebió cuanto libro de teatro clásico podía y se hizo amigo, dentro de los estudios cinematográficos, de los directores  Michael Powell y Emeric Pressburger con quienes va aprehendiendo la técnica, el uso del color y el aroma mental que debe invadir una sala cuando se proyecta un film que has hecho. Allí también conoce a Noel Coward, quizá uno de los mejores dramaturgos del melodrama inglés y con quien cincela sus primeros guiones, ambos codirigen Sangre, sudor y lágrimas (1942), La vida manda (1944), rodada para Cineguild, fundada por ambos y Ronald Neame, y se prolonga en El espíritu burlón y Breve encuentro, de 1945. Es justamente con esta última que David Lean comienza una cosecha de premios que abarca gran parte de su vida y su filmografía, no hubo Palma de Oro, León de Venecia, Oso de Berlín y Oscares que no se llevara y es que su cine establece autopista para estudiar lo que es la organización del cine pero también la exposición actoral en aquellos inmensos dibujos paisajísticos donde mece sus personajes.

Es de agregar que el cine de Lean posee como característica clave y fundamental el uso extremo, sin exagerar tónicas, del gran plano general. Allí ubica sus personajes y los hace pasearse por esos encuadres para mostrar las inmensidades del mundo y sus contextos geográficos. Uno de sus planos fijos memorables es el de un emir árabe que se acerca de la nada desértica hasta aparecer en la pantalla como un gran close up, la cámara se convierte en un testigo silente que sea agota en el calor del desierto árabe y un punto negro que viene a ayudarle, todo esto enmarcado en la monumental “Lawrence de Arabia”.

Autor meticuloso que lo lleva a obsesionarse con el tiempo de producción más que con el de la realización, sus actores son escogidos tanto como el panorama y va des construyendo las imágenes mientras que las monta en encaje visual que siempre tiene tintes de gloria. Es por ello que su primera etapa fue apegada a llevar al cine las grandes obras de Charles Dickens: Oliver Tiwst y Grandes Esperanzas.

A finales de los setenta y principio de los ochenta su cine fue considerado ambicioso, anticuado y acartonado por un mundo que requería historias con facturas sociales o blanqueadas por nuevas propuestas y el cine de Lean se fue quedando como un objeto para llenar programación de TV, cuando esta requería un larguísimo metraje fílmico. Sin embargo Scorsesse, Spielberg y George Lucas comenzaron a ver con asombrados ojos aquellas cintas donde se había aprehendido una nueva pauta y comienza en conjunto con el British Film Institute, durante los años 90, la restauración de las películas que recobraron color, cadencia y ritmos y entonces nos volvieron a asombrar, a pintar las salas de colores fantásticos que conllevan la historia sangrante del Puente en las selvas de Sumatra durante la toma de los japoneses (El puente sobre el rio Kwai), las fascinante vida del escritor homosexual Lawrence en las arenas del candente desierto(Lawrence de Arabia), la estepa congelada de la aterrorizante lucha guerrera de la Siberia (Dr Zhivago) y así hasta llegar a la infravalorada por la crítica setentera: La hija de Ryan, un poema visual que nos cuenta magistralmente, con el trasfondo del amor, la historia del nacimiento de un movimiento independentista en la Irlanda del Norte, con una secuencia de tormenta jamás antes filmada.

Gerardo Martínez

http://www.galeriavalmar.com

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