La pintura de Enrique García Saucedo. Parte 2 (Frida)

La pintura de Enrique García Saucedo. Parte 2 (Frida)

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Objetivo Frida

Tres Iconos femeninos

La columna estética

Pulcra, sin mancha, asi va la sabana, la tela, la falda o saya que la mujer lleva. Que lleva Frida representando a una frida. La modelo, en la interpretación de la obra, ensombrece su rostro y no nos mira, su cabello hirsuto crece y nos indica que el tabú con miedo no se ha roto y que conscientemente no desea hablarnos de su dolor, de su columna rota, esta vez tatuda.

Frida Kahlo pintó esta obra luego de su operación en el año 1944, está elaborada en óleo sobre cartón piedra. Con la obra, Frida estableció que la vida de un pintor, y en particular la suya propia, valía por la columna y por las columnas que ella había trazado, aún cuando la suya estaba rota, a pedazos trataba de sostenerla. Frida establece un mundo clásico que se rebela y se rompe en su espalda. El pintor lo coloca tatuado, sin el dolor intrínseco, sin embargo con el miedo que este genera y le hace un homenaje a la herida simbólica que la otra llevaba pegada a su alma y a su arte.

La pintura de Saucedo nos va indicando un camino de dolor con doble moral, entonces su Frida es tríptico y sin embargo una en sí misma. La mujer en la pintura de este artista se maneja contra su mismo entorno, a pesar del homenaje que él hace a tres relatos iconográficos, ellas trascienden y hacen de sí mismas una relectura del entorno femenino que parece no haber cambiado. Muy por el contrario vemos en la forma como lleva la faja ó corset que la sociedad sigue violentando su vida.

En esta, una de las pinturas triplicas de la mujer mexicana, la Frida se convierte en un tótem que soporta toda la moral que conlleva este propósito iconográfico. Ella emerge en la pintura como una idílica señal de un “San Sebastián” femenino que no solo soporta flechas sino que es herida y atravesada por un concéntrico falo edificador, cual edificó parámetro donde va cimbrada o sentada la mujer mexicana.

La pintura se hace delirio fuerte para interpretar y asimismo deja ver una pasión que descose un mundo que se ha establecido en una sola vía, dejando lo femenino como adorno y, a veces, como soporte, nada más eso. Saucedo, en su pintura, la revela y la saca de ese estatismo que desencanta, a pesar de parecer una foto, tanto por el hiperrealismo como por la luz transmitida, la Frida conlleva un ritmo de libertad y de divulgación de la misma.

Cuando uno busca el cuadro original é inspirador “La Columna rota”, inmediatamente se refieren a que es un cuadro autobiográfico, dejando a un lado la estrategia urdida dentro del mismo. Frida aparece como un Cristo que revela una cruz interna y es allí mismo que ella, atea en vida y obra, se rebela silenciosamente ante posturas eclesiásticas, en fondo lo vemos, es un cuadro cuyo paisaje está doblegado por la aridez recortada por un cielo azul, solitario sin una nube solo cirros desdibujados, ni siquiera para malos presagios. Frida trae la manta y en ella los clavos. Saucedo, por el contrario, la trae con espinas blandas, como alfileres vegetales que acarician un método actoral, sin embargo el verde de su fondo es tan solitario y único como en el que Frida sumerge su propia Frida.
El pintor nos deleita con un morbo simulado y con una estética improbable de seguir en otros artistas, sus lecturas y relecturas vienen dadas por la simbiosis de lo planteado tanto por él como por Frida, a pesar del abismo del tiempo y de lo que cada uno dice. Ambos se unen y despiertan para mirarse.

Gerardo Martínez

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