La pintura de Enrique García Saucedo

La pintura de Enrique García Saucedo

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Tres Iconos femeninos

Sor Juana en acrílico transparente

Uñas acrilícas, maquillaje actual, fenotipo mexicano, simbología monjil, cristiana, catolica y romana con una desnudez típìca de mujer bailarina del “Dancing table”. Su “CAPA PLUVIAL”: vestidura en forma de manto que llega hasta los talones, abierta por delante y detenida en el pecho por un broche lleva dibujada, a la manera del renacimiento tardío, un ángel que anuncia a María su embarazo sin pecado concebido. La pintura de Enrique García Saucedo establece una imagen directa y concisa sin tapujos de clase ó metáforas, de Sor Juana Inés de la Cruz.

Su rosario de madera pulida cuelga como un linaje abandonado y brilla como un pedúnculo de magra que se entrelaza con sus casi cubiertas carnes. La pintura destella una iconografía cerrada en contra del uso femenino por parte de grupos religiosos ó políticos, aun cuando el discurso allí planteado es totalmente político. La Sor Juana pintada va en contra incluso del encasillamiento dado por los estudios de género de la mujer y la convierte en un sex simbol anudado a la sacrosanta imagen devenida por el Hollywood actual.

Sor Juana Inés de la Cruz, (Escritora mexicana: nacida y registrada como Juana Inés de Asbaje y Ramírez; nació en San Miguel de Nepantla, actual México, 1651 – Muere en la Ciudad de México, 1695) prodiga mujer que desde los tres años leía y recitaba; obtuvo la gracia del destino al nacer muy cercana a la protección de virreyes. De otra manera otro cuento pasaría a la historia, porque de los lugares comunes de la pobreza poco se cuenta, hasta tanto el mundo fashionable instigado por una carrera de venta lo toque, como es el ejemplo de los artistas marginales cuando son re_descubiertos por un grande del jet set. Irónicamente su autor se rebela contra este destino abierto y abyecto, a donde el mercado de mercados ha llevado la iconografía del mundo. Su Sor Juana estalla en ganas dulces y traduce el sexo, esta vez pecaminoso.

La mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII, apadrinada por los marqueses de Mancera, brilló en la corte virreinal de Nueva España por su erudición y habilidad versificadora. Dada su escasa vocación religiosa, parece que sor Juana Inés de la Cruz prefirió el convento al matrimonio para seguir gozando de sus aficiones intelectuales: «Vivir sola… no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros», escribió.

Es ahí donde el autor retrata a la poeta y la sesga, de un solo brochazo, a la mujer que se rebela y que se convierte en una leyenda. Sin embargo aun reclinada sobre la esencia femenina, biológica y por encima de todo sexual.

La técnica describe un trazo renacentista que se ubica con la parsimoniosa exactitud del hiperrealismo académico. Sin embargo en los fondos de las tres pinturas el autor deja establecido y descubierto el uso del color verde, que según las fuentes de la ciencias medicas es el mejor percibido por el ojo humano, ya que con solo 600 fotones hace que nuestra retina descanse y se explaye en la relajación, aun cuando en las artes plásticas es el color rojo el que ubica y aborda la vista humana con los 600 fotones. (Dejemos claro pues que en los estados naturales el verde prescribe tranquilidad y en los colores químicos é inexistentes es el rojo que conlleva un mensaje físico con la misma medida aunque produzca contrarios efectos).

El color verde es el primerio de la bandera mexicana y del partido PRI, sin embargo en las culturas islámicas es el verde su base pues se asocia con la pureza de la vida, según las leyes coránicas es el color que dio funcionalidad a nuestro mundo y también el que vino dado por las manos divinas del amado Ala, el más amado…Prosigue el autor la particularidad omnipotente del mundo religioso.

También el verde, y es de allí un uso particular en la pintura de este artista, denota asombro, incredulidad y algo inesperado por venir. Claves conscientes o inconscientes guardadas en el trasfondo de su trilogía. ¿Nos preguntamos?, para contestarnos que el tratamiento de la mujer en sus cuadros deja ver un momento estatal, social que conlleva a múltiples interpretaciones, sin embargo a una unificadora respuesta, la mujer es naturaleza y crea, por tanto va enmarcada en naturaleza verde.

Es necesario finalizar diciendo que la gran humanidad de la poeta describe también un mundanal sonido de la sociedad establecida. Sor Juana convirtió su celda en punto de reunión de poetas e intelectuales, como Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente y admirador del poeta cordobés, cuya obra introdujo en el virreinato, y también del nuevo virrey, Tomás Antonio de la Cerda, marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, con quien le unió una profunda amistad.

En su celda también llevó a cabo experimentos científicos, reunió una nutrida biblioteca, compuso obras musicales y escribió una extensa obra que abarcó diferentes géneros, desde la poesía y el teatro, en los que se aprecia la influencia de Góngora y Calderón, hasta opúsculos filosóficos y estudios musicales.

“Esta herida aún no se cierra”. –escribió Octavio Paz, para definir la obra de la poeta en su ya famoso ensayo: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe.

Gerardo Martínez

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