Noches, en días redefinidos

Noches, en días redefinidos

Acerca de la Exposición “Carne Humana”, del artista Gabriel Marní

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En 1866, Gustave Courbet realizó una pintura, El origen del mundo (L’origine du monde), en aquel momento imposible de mostrar, pero que llegó a nuestros días como un cuento de enredos y leyendas; casi como en “Las mil y unas noches”. Gustave no se atrevió a exhibirlo y lo vendió a alguien, que a su vez lo revendió a otros. Total y a la larga historia se le agrega que el cuadro demostró ser para los estudiosos de la figura humana un parte agua de estructuras, ya que cercena el cuerpo para demostrarnos el erotismo en su punto más explosivo: la genitalita, en este caso la femenina.

Convivimos en Mérida, Siglo XXI, a escasas horas de viaje por avión de Caño Cañaveral, de donde salen todos los litúrgicos viajes a la luna y quizá a otras partes y dimensiones. Aún así Mérida se parece a la Francia de antaño, donde Courbet se atrevió a develar el mundo y sus gustos necesarios. Aquí existe una violencia golosa por el sexo, a escondidas que permite las sombras permeables de la carne vendible y digerible. Mérida se establece como un cuadrante de primitivismo adosado como ladrillos y por donde se genera una dinámica que, a través de silencios, establece unos contextos lúdicos, pictóricos, hiperrealistas y a medias tintas.

Gabriel Marni homenajea la existencia y la sexualita y se nutre, como Courbet, del miedo y la quimera acomodada por el escondite innecesario, pero establecido como hecho primordial en la lingüística citadina. También lo llena de grises y de manchas que van ocultando, en sus pinturas e invenciones, amantes postrados, puntuales, traviesos en diferentes planos y pericias. Clítoris que viajan como en firmamentos, roces de espaldas y aruños, quizá el lenguaje violento que deja la cadencia del amor amordazado por las ciudades extremas.

Gabriel Marni, con su trayectoria, donde asimila la naturaleza humana en su corporeidad más intima, enfatiza la monumentalidad social que cimienta el sexo y lo manipula con una técnica que nos recuerda, y dimensiona en plano, al Rakú japonés, donde el ente “arte” se quema en diferentes momentos, desiguales fuegos, para luego de un solo golpe fragmentar los óxidos con un baño de agua helada que le da la ansiada textura. Tal vez esta es la lectura necesaria de su obra: donde a través del calentamiento y frote al cerebro se nos da de un solo estacazo y jalón, el baño de agua fría que nos brinda un tejido, ojeada necesaria que rompe con el miedo crónico y nos lanza como en tobogán a estar al tanto, como en un artilugio de mago oriental, que poseemos cavernas, apéndices y dimensiones exploradas por el gusto y por la dinámica del silencio establecido.

Queda expuesta a nuestra vista el manifiesto destino de las carnes reveladas.

(realizada durante Abril Junio, Museo de Arte Contemporáneo de Yucatán)

Gerardo Martínez.

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